Mensaje
Una cadena. Un viento. Una hojarasca revolviéndose. Una indescifrable oscuridad... Así se mostraba el mundo de Ismael, mientras reposaba su cabeza en la raíces de este su viejo árbol. Buscaba y no sabía por qué, hablaba y no sabía con quién, miraba y nada divisaba.
Una convicción. Un pasado mordido. Una inamovible decisión... Así se conocía Karla, mientras bañaba sus cabellos por tercera vez en el día. Sostenía en sus manos el jabón y la vista fija en la perfección del agua.
Una historia. Una poesía. Una verdad todavía mentira. Así era la vida de una pareja que entendió la necesidad, asumió el reto y se emparejó. Golpes asestados en la cara y nadie parecía notarlo. Una iglesia y un notario ausentes. La juventud en manos de la maldad. El cielo todo el tiempo encima, pero sin atrayentes nubarrones a la vista.
Karla se acaricia el rostro con el agua. Ismael lo hace con el viento. Mientras tanto, una hoja que juguetona, y mostrando su frente y dorso en señal de unidad, se deja caer lentamente, atraviesa la ventana de la casita. La recorre, absorbe su perfume, su suciedad, y cae, justamente a los pies de Karla que ahora seca suavemente su cuerpo. Recuerda. Él también, cómo si le hubiese mandado un mensaje. Se mira las manos y escucha con tono sensual la llamada: Ismael, ven a comer.
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